Era una lluvia incesante en plena tarde de otoño,

un manto de nubes grises cubrían el horizonte y yo observaba desde mi ventana como las hojas movidas por el viento perturbador, deambulaban en el ambiente y se depositaban en el suelo en un descanso casi eterno.

 No hacía ni una hora que te habías ido, el error del orgullo distancio lo inseparable, colocó un frío muro, se hizo un universo entro los dos y donde antes había besos, ahora un agujero negro se interponía entre nosotros.

La lluvia no paraba, y yo con la mirada perdida en el infinito, intentaba dibujar tu rostro en las tupidas nubes de tormenta, que de vez en cuando con un poderoso rayo, rompía mi hipnosis como para decirme: ¿que estáis haciendo? 

La lluvia se detuvo, los primeros rayos de luz se abrían hueco entre las tormentosas nubes y el paisaje gris  y viento poderoso se torno en plena luz y color.

Sonó el teléfono, eras tú, apenas se entendían tus palabras en un balbuceo de lagrimas y dolor,  la lluvia había parado y ahora nosotros, éramos lluvia, no hicieron falta palabras, ni una gran conversación, solo escuchar  que nuestro llanto, era por no estar juntos los dos.

En una típica tarde de otoño, cruzamos un agujero negro para volver a estar juntos tú y yo.

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