Supiste valorar las caricias que te daba,

y las noches que haciamos que temblara nuestra almohada.

no pensaste ni un segundo que el temblar

de mis piernas era del placer de tu espada.

Que mis pelos erizados, los gritos exhaustos y el jadeo insistente son la prueba del deseo a tus encantos.

Ni la vieja lavadora con su ritmo y traqueteo se igualaba al empuje y energía que me transmites cada noche.

Y aquí estamos abrazos

tu piel contra mi mano

mi pelo entre tus dedos

y desnudos esperando que se arme la guerra se sexos.

Tambores de guerra en la noche

cohetes de fiesta en la madrugada,

y los vecinos pensando que hay terremotos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

6 + 2 =